EL AMOR

EL AMOR

Diana Said Cadavid
diana.said@cirodho.com.co

Artículo publicado en el diario «La Antena» el día Lunes 30 de Noviembre de 2009

Hola mis apreciados lectores, hoy tomaré algunos textos del libro “El Arte de Amar” de Erich Fromm parafraseando desde mi experiencia sobre el amor, ese sentimiento indescriptible que, para mi, es la verdadera fuerza que mueve al mundo. Es la esencia de la felicidad verdadera.

El sentirse separado de otros es la fuente de la culpa y la angustia. El amor es una actividad, no un efecto pasivo; es un “estar continuado”, no un “súbito arranque”. En el sentido más general, puede decirse que amar es fundamentalmente dar, no recibir. Algunos hacen del dar una virtud, en el sentido de un sacrificio de donde emana el dolor. Contrario a ello, en virtud del amor, dar es una fuente inagotable de placer.
Encontramos el ejemplo más elemental en la esfera del sexo. La culminación de la función sexual masculina radica en el acto de dar; el hombre se da a si mismo, da su órgano sexual, a la mujer. En el momento del orgasmo, le da su semen. No puede dejar de darlo si es potente. Si no puede dar, es impotente. El proceso no es diferente en la mujer, si bien más complejo. También ella se da; permite el acceso al núcleo de su feminidad; en el acto de recibir, ella da. Si es incapaz de ese dar, si sólo puede recibir, es frígida. En su caso, el acto de dar vuelve a producirse, no en su función de amante, sino como madre. Ella se da al niño que crece en su interior, le da su leche cuando nace, le da el calor de su cuerpo. No dar le resultaría doloroso. Como el amor materno, en todas las esferas del amor, al dar no podemos dejar de entregarle vida a la otra persona y eso que nace a la vida se refleja a su vez hacia nosotros y no podemos dejar de recibir.
Dar implica hacer de la otra persona un dador y ambas comparten la alegría de lo que han creado. Algo nace en el acto de dar y las dos personas involucradas se sienten agradecidas a la vida que nace para ambas. Eso significa el amor, es un poder que produce placer, felicidad, paz…
Además del elemento de dar, el carácter activo del amor se vuelve evidente en el hecho de que implica ciertos elementos básicos, comunes a todas las formas del amor. Esos elementos son: cuidado. Responsabilidad, respeto y conocimiento. Que el amor implica cuidado es especialmente evidente en el amor de una madre por su hijo. Ninguna declaración de amor por su parte nos parecería sincera si viéramos que descuida al niño, si deja de alimentarlo, de bañarlo, de proporcionarle bienestar físico. Creemos en su amor si vemos que cuida al niño. Lo mismo ocurre incluso con el amor a los animales y las flores. Si una persona nos dijera que ama las flores y viéramos que se olvida de regarlas, no creeríamos en su “amor” a las flores. El amor es la preocupación activa por la vida y el crecimiento de lo que amamos. Cuando falta tal preocupación activa, no hay amor. La esencia del amor es “trabajar” por algo y “hacer crecer”, el amor y el trabajo son inseparables. Se ama aquello por lo que se trabaja y se trabaja por lo que se ama.
El cuidado y la preocupación implica otro aspecto del amor: el de la responsabilidad. Hoy en día suele usarse ese término para denotar un deber, algo impuesto desde el exterior.
Responsabilidad, en su verdadero sentido, es un acto enteramente voluntario, constituye mi respuesta a las necesidades, expresadas o no, de otro ser humano. Ser “responsable” significa estar listo y dispuesto a “responder”. Tal responsabilidad, en el caso de la madre y su hijo, atañe principalmente al cuidado de las necesidades físicas. En el amor entre adultos, a las necesidades espirituales de la otra persona.
La responsabilidad podría degenerar fácilmente en dominación y posesividad, si no fuera por un tercer componente del amor, el respeto. Respeto no significa temor y sumisa reverencia, denota, de acuerdo con la raíz de la palabra (respicere = mirar), la capacidad de ver a una persona tal cual es, tener conciencia de su individualidad única. Respetar significa preocuparse por que la otra persona crezca o se desarrolle por si misma, en la forma que le es propia y no para servirme. Si amo a la otra persona, me siento uno con ella, con ella tal cual es, no como yo necesito que sea, no como un objeto para mi uso. Es obvio que el respeto sólo es posible si yo he alcanzado independencia; si no dependo del ser amado, si puedo caminar sin muletas, sin tener que dominar ni explotar a nadie. El respeto sólo existe sobre la base de la libertad, nunca de la dominación.
Respetar a una persona sin conocerla, no es posible; el cuidado y la responsabilidad serían ciegos si no los guiara el conocimiento. El amor es la única forma de conocimientos, que, en el acto de unión, satisface mi búsqueda. En el acto de amar, de entregarse, en el acto de penetrar en la otra persona, me encuentro a mi mismo, me descubro, nos descubro a ambos, descubro al ser que soy.
La única forma de alcanzar el conocimiento total consiste en el acto de amar; ese acto trasciende el pensamiento, trasciende las palabras. Necesito conocer a la otra persona y a mí mismo objetivamente, para poder ver su realidad, ver su esencia, acompañarlo y sentirme acompañado. Cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento son mutuamente interdependientes. Constituyen un conjunto de actitudes que se encuentran en la persona madura, aquella que desarrolla productivamente sus propios poderes, que sólo desea poseer los que ha ganado con su trabajo, que ha renunciado a los sueños egoístas de gran sabiduría y omnipotencia, que ha adquirido humildad basada en esa fuerza interior que sólo la genuina actividad productiva puede proporcionar. Aquella que ya sabe cual es el camino a la verdadera felicidad

 

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